La traducción de la Biblia exige un requisito básico del traductor: que conozca y domine por lo menos dos idiomas (el idioma fuente y el idioma receptor).
Tal afirmación nos lleva a preguntar sobre el conocimiento de los idiomas bíblicos. Los traductores del Antiguo Testamento necesitan conocer tanto el hebreo como el arameo, y un conocimiento del griego de la Septuaginta será de gran ayuda.
Los traductores del Nuevo Testamento deberán conocer el griego Koiné. Existe una gran diferencia entre hacer la adaptación a partir de la consulta de varias versiones y después cotejar el original, que entre traducir directamente del original y después consultar las otras versiones o traducciones.
Quien traduce la Biblia debe conocer, además, el contexto histórico y cultural del mundo bíblico y del idioma receptor. Porque la traducción bíblica no consiste solamente en verter palabras de un idioma a otro, sino en traducir cultura, cosmovisión, estructuras sociales y económicas.
En tiempos modernos esta tarea rara vez es realizada por un solo individuo, se articula mediante equipos de traducción.
Extracto de un artículo del biblista Edesio Sánchez