Tipos de traducción

Hay esencialmente dos tipos de traducción:

(1)
la literal, que también se conoce como traducción por equivalencia formal (tiene en cuenta casi exclusivamente el idioma original -en este caso, hebreo, arameo y griego- sus formas y significados); y

(2) la idiomática, que también se conoce como traducción por equivalencia dinámica o funcional (tiene en cuenta también el idioma receptor, sus formas y significados, para verter el sentido de las lenguas originales).

Entre estos tipos pueden darse una gama de posibilidades; desde las traducciones exageradamente literales, hasta las adaptaciones demasiado libres.

No se puede decir, así en abstracto, qué traducción es mejor que otra. Dependiendo del texto que tengamos delante, debe escogerse el tipo de traducción que mejor refleje el sentido o significado «original» del pasaje. La meta es acercarse lo más posible al sentido original. Eso es lo que impone la pauta para decidir qué tipo de traducción realizar. Por ejemplo, en el caso de nombres propios, el sentido se obtiene, por lo general, con una simple transliteración del nombre. En otros casos, debido a la intención expresa del autor original, se transliteran frases enteras: talita qumi. Sin embargo, estos casos son muy pocos en la Biblia. Aplicarlo a otros pasajes es desastroso:

«Si alguno piensa religioso ser, no poniendo freno a la lengua de sí mismo, sino engañando corazón de él mismo, de éste vana la religión. Religión pura y sin tacha ante el Dios y Padre ésta es, visitar huérfanos, y viudas en la aflicción de ellos, sin mancha a sí mismo guarda desde del mundo». (Stg 1.26–27.)

Hay ciertas oraciones o estructuras que exigen muy poco cambio al ser traducidas. (véase como un ejemplo, Sal 23.1). Pero hay otros casos en que sólo con una traducción completa, incluso estructuras sintácticas y retórico-literarias, es posible reproducir el sentido en el idioma receptor. Así la traducción por  equivalencia dinámica o funcional es preferible cuando una traducción formal no se entiende, resulta ambigua, desorientadora o demasiado complicada y oscura; o bien violenta la naturalidad del idioma receptor. Ejemplo:

Romanos 12.20.

Traducción por equivalencia formal:  

«Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza»

Traducción por equivalencia dinámica o funcional:  

«Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; así harás que le arda la cara de vergüenza»

(Adaptación del artículo de Edesio Sánchez. Libro "Descubre la Biblia". SBU)

















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