CHICAGO (EE.UU.)
La primera vez que Jorge Roque entraba en el templo con su tío iba vestido como los pandilleros en Chicago, donde él vivía. Su ropa era como un neón brillando en la noche, pero la congregación pasó por alto su cabeza rapada,a la sudadera, el gorro, los pantalones cortados por la rodilla y las medias altas, y recibió al joven que se escondía tras esa fachada llamativa. "Eso fue lo que me llamó la atención" -dice- "vi a Cristo en la gente".
Un joven que se une a la pandilla local, la Two-Six Nation de la comunidad de Little Village de Chicago, una ciudad dentro de la ciudad para los méxicoamericanos. La calle, con sus héroes de barro fueron su modelo. Pelear, conseguir dinero, manejar automóviles llamativos y rodearse de mujeres, esa era su aspiración como la de la mayoría de los adolescentes de su entorno. El esfuerzo de sus padres por darle un buen hogar, a él y a sus tres hermanos, dejó a Jorge carente de atención y apoyo familiar hecho que vino a subsanar la pandilla. "Se convirtió en mi segunda familia" -dice Jorge. A los quince lanzó a un miembro de una pandilla rival por la ventana de un segundo piso. Tiempo después, en una reyerta un revólver apuntaba a su sien. Las cosas fueron de mal en peor y sus padres le enviaron a Kansas, junto a su tío. Un choque cultural. Las calles de Chicago habían dado paso a vastos trigales y ranchos ganaderos. Aprendió a cocinar, lavar y limpiar al lado de su tío soltero. De acudir a la iglesia con su familia de Pascuas a Ramos, pasó a frecuentarla dos veces por semana. A sus dieciséis años se acercó al altar y comenzó a llorar. "Ven a mi vida, Jesús, te necesito". A la par que oraba, la paz y el gozo se apoderaron de él. Cinco sorprendentes horas pasaron pidiéndole a Dios el perdón por toda la violencia que había infringido a tantas personas.
Cinco meses después volvió con su familia y se enfrentó a la pandilla para rogarles que le dejaran salir de ella sin represalias -era consciente de la dificultad al saber tantas intimidades, crímenes y conexiones-. Por fin ellos accedieron.
Empezó su cruzada para sacar de la pandilla a casi cincuenta de sus amigos de infancia a los que él mismo había metido allí.
El valor lo sacaba de su lectura y meditación en la Palabra de Dios. Jorge siempre viajaba con cajas de Biblias que obtenía de la Sociedad Bíblica Americana para regalarlas. Concretamente hizo que las Escrituras estuvieran accesibles a los jóvenes que conoció.
Hoy, casado y padre de un niño y una niña, trabaja y se esfuerza en conectar con la Biblia a todo el tipo de gente con la que él solía andar antes de que fuera llamado por su Salvador.
Revista Record de la Sociedad Bíblica Americana.
BRASIL
Me fascinaba el mar desde niño, pero no quería tener nada que ver con el creador del mar porque me avergonzaba ser cristiano. Pensaba que me convertiría en un ser aburrido el mismo día en el que comenzara a vivir como un chiflado bíblico. Sabía que tenía que dejar todo lo que me gustaba, chicas, fiestas y drogas.
Nací en una familia pobre y a los cinco años me apasioné por el surfing. Dediqué a ello toda mi energía y a medida que progresaba en este deporte empeoraba mi vida personal.
Sabía que Dios existía pero había decidido que solo pensaría en él cuando fuera muy viejo. En el 87 me di cuenta de la vida tan vacía y sin sentido que llevaba, al mismo tiempo percibí que Jesús era la única ola que me daría verdadera satisfacción.
Mi hermano entonces se recuperaba de su drogadicción en un centro cristiano, las miradas que encontré allí, llenas de paz y gozo me dieron que pensar. Sentí miedo a morirme e irme a la eternidad sin Dios. ¡Me sumergí en Jesús! Empecé a leer la Biblia y a ponerla en práctica.
Un año después me convertía en el campeón de surfing de Brasil, revalidando el título en el 92. Del 93 al 98 fui miembro del equipo brasileño de la competición más nombrada, el campeonato de la Vuelta Mundial.
Hoy a mis treinta y siete años estoy casado, tengo dos hijos y dirijo una academia de surfing en Guaruja. Participo en la misión "Surfistas para Cristo" que cuenta con unos 1.500 miembro y opera en toda la costa de Brasil. Lo que realmente deseo es que muchas personas tengan un verdadero encuentro con Jesucristo.
Suelo decir que Jesús fue el primer "surfista" que nunca necesitó una tabla para surcar las olas. Caminó sobre el agua para salvar a sus amigos que estaban atemorizados ante la tormenta. Hoy, nosotros surcamos las olas en nuestras tablas pero lo hacemos como personas inspiradas por Él.
Jojo de Olivença
EL CONGO
Yo era un instrumento al servicio del diablo. Orgulloso, corrupto y mentiroso. Obsesionado tremendamente con el sexo, tuve relaciones con muchas mujeres, llegué incluso a tener un hijo con una de mis primas. Me sentía orgullosísimo por mi éxito entre ellas.
Fue entonces cuando caí enfermo. Los médicos no podían emitir un diagnóstico y no sabían cómo curarme. Paulatinamente fui perdiendo mi sentido de paz y gozo, temía morir. Mi conciencia empezó a condenarme. Fue entonces cuando, gracias a la oración y a la lectura de la Biblia en mi iglesia local, tuve el encuentro con Jesús. Me conmovió particularmente el Salmo 103.3-5:
"Él es quien perdona todas mis maldades,
quien sana todas mis enfermedades,
quien libra mi vida del sepulcro,
quien me colma de amor y ternura,
quien me satisface con todo lo mejor
y me rejuvenece como un águila."
Comencé a sentir un fuego abrasador en mi corazón y me lancé a llevarles las Buenas Nuevas a otros. Poco tiempo después descubrí la Sociedad Bíblica y supe que sus objetivos eran exactamente los míos: distribuir la Biblia y ayudar a la gente a comprometerse con ella. Por eso me hice colaborador de la misma.
Estoy muy contento de caminar por las calles de Nkayi con la Palabra de Dios para que otros puedan ser salvados como lo fui yo.
Philippe Roger
IRAQ
Por segundo año consecutivo, en los días anteriores a la Pascua de Resurrección, durante la Semana Santa, el equipo de Sociedad Bíblica en Bagdad distribuyó cientos de paquetes que contenían alimentos y Biblias ilustradas a familias necesitadas de la capital.
Esta distribución se llevó a cabo en varios complejos de iglesias de Bagdad entre familias de barrios pobres. El reverendísimo Vazken Azizian entregó entre sus fieles estos paquetes y advirtió que una familia no había pasado por allí. Les hizo una visita y le explicaron que habían perdido a un hijo durante la guerra. Todos le habían dado la bienvenida salvo la hija que no quiso saludarle.
Después de varias visitas pudo preguntarle por qué no salía de su habitación. "No tengo nada contra usted." -respondió- "Estoy enojada con Dios porque no salvó la vida de mi hermano". Azizian le regaló la Biblia. "Lee este libro, descubrirás que Dios no salvó a su único Hijo porque nos amaba a tí y a mí".
Varios días después la jovencita acompañaba a sus padres y explicó que había leído la Biblia y se había reconciliado con Dios.
Mike Bassous
Miembro del equipo de trabajo de las SBU en Iraq
KIEV
Nací en el seno de una familia numerosa en Kryvyy Rig en el 67 y crecí en las calles de una de las ciudades más plagadas por el crimen de la Unión Soviética. Mi pasión era el ciclismo y como tenía talento estudié en un colegio especial para deportistas pero mi futuro brillante se truncó con un accidente.
Caí en una profunda depresión y en las drogas. Las usaba, las vendía y protagonicé una sucesión de delitos. Unas cuantas pequeñas detenciones contribuyeron a darme el título de líder entre mis amigos drogadictos. Usé mis habilidades para delinquir una y otra vez.
Estando en la cárcel, mi compañero de celda estuvo seis meses en confinamiento. Cuando regresó a nuestra celda era otro hombre, un hombre que había entregado su vida a Dios, y pude comprobar el gran poder de Dios para cambiar vidas.
Aún así, seguí con la mía desarreglada pasando por los centros de rehabilitación, recayendo en las drogas y en la delincuencia. Un día me dirigí a un asentamiento gitano para adquirir mi dosis. Me la inyecté, me perdí y pernocté en un bosque. A la mañana siguiente fui arrestado e inculpado de un crimen que no había cometido. Durante dos días fuí torturado. Al devolverme a mi cela, caí de rodillas, dispuesto a confesar lo que fuera al primero que intentara volverme a torturar y le pedí ayuda a Dios. Pasó un día entero y mi carcelero abrió la puerta para decirme que estaba libre, que habían detenido al verdadero culpable.
Estaba libre pero con graves heridas, costillas rotas, derrames internos, el corazón y el sistema nervioso lesionados por los choques eléctricos. Permanecí mucho tiempo en el hospital, los medicamentos no surtían efecto por mi estado de intoxicación, sentía dolores intensos. Me estaba muriendo. En mis pocos momentos de lucidez repasaba con tristeza mi vida y las decisiones equivocadas que fui tomando.
Preparaban mi funeral, compraron un ataud. Toda mi familia, convertida hacía pocos años al cristianismo, y los hermanos en la fe, oraban por mí, fervientemente.
No solo me recobré físicamente sino también espiritualmente y me volví a Dios, le pedí perdón por toda mi vida.
Junto a mi esposa, que enseña psicología en la Universidad de Kiev, trabajo con drogadictos y alcohólicos y dirijo un curso de estudio bíblico en Bucha, al que asisten unos cuarenta presos. Visitamos a pacientes en los hospitales de las cárceles y doy charlas en el centro de rehabilitación de Kiev.
Oleh Kapatsyn