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La Biblia “Escribíle las grandezas de mi Ley, y fueron tenidas por cosas ajenas” (Oseas 8:12) Aquí tenemos una queja de Dios contra Efraim. Dios nos muestra su bondad y amor tanto cuando reprende a sus criaturas, como cuando nos honra con todas sus buenas dádivas. En ambas situaciones nos manifiesta acerca del interés de Dios por todo lo que ocurre en la tierra. Y sobre esta “queja de Dios”, que entraña una exhortación a considerar su Revelación de amor a los hombres, tenemos tres principios a considerar. Primeramente acerca del Autor de la Palabra: “Escribíle”; segundo, el tema: “Las grandezas de la Ley de Dios”; y tercero, el trato que ha recibido: Fueron tenidas por muchos “como cosa extraña”. El mismo texto nos dice que es Dios. “Escribíle las grandezas de mi Ley…”. Delante de mí, tengo mi Biblia ¿quién la escribió? La abro y descubro que se compone de opúsculos que van desde los textos escritos por Moisés, pasando por David, Salomón, Isaías, Miqueas… por citar unos cuantos, y llegando a las luminosas páginas del Nuevo Testamento, y allí están Mateo, Marcos, Lucas , Juan, Pablo, Pedro Santiago y otros; pero cuando cierro sigo preguntándome ¿Quién es su autor? Y aun cuando estos “inspirados hombres” escribieron con su ardor, lenguaje, conocimiento y estilo, lo que escribieron fue dirigido por Dios, a través del Espíritu Santo. Dos textos clave afirman este hecho: “Toda Escritura es inspirada por Dios…” (2ª Timoteo 3:16), es decir el contenido escrito, fue inspiración de Dios, y los amanuenses, fueron: “los santos hombre de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2ª Pedro 1:21) ¿Y como sabemos que Dios escribió este Libro?. Hay razones y argumentos para reflexionar, así que mencionaremos unos pocos: - El mismo testimonio de los “amanuenses” que en cientos de ocasiones afirman declaraciones como estas: “Y dijo Dios”, “Vino palabra de Dios a mi diciendo”, “el Señor me dijo escribe lo que yo te declararé”, “lo que vimos con nuestros ojos y palpamos, esto os compartimos…” No podían ser engañadores, si la misma ética de la Palabra, denuncia la mentira y el engaño.
- La indestructibilidad de la Biblia, es decir la providencial subsistencia del texto, a pesar de la multitud de ataques y oposición en la historia, sólo el hecho de ser protegida por Dios, manifiesta la autoridad del mismo Dios.
- La Universalidad de su contenido, válido para todo tiempo y edades.
- La admirable información de detalles históricos, geográficos, culturales y étnicos sin encontrarse en esta información error alguno que la arqueología o la investigación no haya investigado y descubierto como veraces.
- La incomparable ética de sus postulados, válidos para todo tiempo, y de una coherencia sin contradicción a pesar de la diversidad de sus “autores” y la distancia de tiempo entre ellos, de más de 1.500 años entre Génesis y el Apocalipsis.
- La incomparable evidencia de los cumplimientos proféticos, desde las profecías acerca de levantamiento y caída de Imperios, hasta las relacionadas con el Mesías.
- La saludable, inspiradora y edificante influencia en el mundo, a través de la Historia.
- Las incomparables evidencias historiográficas de su documentación, en contraste con las obras cumbre del pensamiento humano.
- La majestuosa extensión de su mensaje y la siempre actualidad del mismo.
- El testimonio más fidedigno de la Historia, la declaración del ser más justo y veraz de nuestro Mundo, Jesucristo, quien rotundamente declaró: “el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”.
Sí, la Biblia tiene a Dios como autor incuestionable e indiscutible, y a los hombres como amanuenses de Su revelación.
- Los TEMAS de los que trata la Biblia.
De nuevo la información la tenemos en el propio texto: “Escribíle las grandezas de mi Ley…”. Todas las cosas de la Biblia son grandes: - Principios éticos de valores eternos
- Doctrinas de incomparable enseñanza, originalidad, visión y provisión, entre ellas, el gran don de la “salvación de hombre”
- Valores sociales insuperables
- Enseñanzas para el sabio vivir cotidiano: “toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, redargüir, corregir, instituir en justicia… a fin de que el hombre esté enteramente preparado para toda buena obra” (2ª Timoteo 3:16, 17)
No hay nada en la Biblia que no sea grandioso.
- El TRATO que la Biblia recibe en el mundo.
Triste pero palpando la realidad de su tiempo, el mismo texto responde: “escribíle las grandezas de mi Ley, pero fueron tenidas como cosa extraña”. Extraña para muchas personas, que manifiestan cuan ajena les es ya que: - Nunca la han leído… y al no conocerla se privan de riqueza para la sabiduría.
- La leen con tan poca concentración, que la consideran como algo árido, cuando a través de la historia ha traído bendición, consuelo, inspiración, fortaleza a millones de hombres y mujeres alrededor del mundo.
- Hay quienes la desprecian, porque sus enseñanzas manifiestan la mediocridad e injusticia de sus vidas: “dijo el necio en su corazón, fuera Dios”. Es triste y poco intelectual, que quienes no conocen el mensaje central de la Biblia, la rechacen y la desprecien, estos acarrean ya muerte en si mismos, aunque vivan físicamente.
- Pero hay quienes la conocen, la aman y viviéndola la proclaman.
Escudriñemos las Escrituras, ella dan testimonio de Cristo, el único y suficiente Salvador del mundo. En ellas están los anales más antiguos del género humano. La sabiduría está en ella. Bebamos de esta plácida fuente de conocimiento y mensaje, y seremos enseñados para vida eterna. Sabios, sencillos, niños y hombres, los de blanco cabellos, jóvenes y muchachas, a vosotros se os habla, se os pide, se os suplica: respetad la Biblia, escudriñadla, en ella encontramos el testimonio y mensaje de Jesús, para nuestra salvación. Roberto Velert
Una bienaventuranza algo desconocida
“Bienaventurado el que lee…” Apocalipsis 1:3b La extraordinaria introducción de estos tres primeros versículos del Apocalipsis, que establecen que la revelación comienza en Dios: fundamento y fuente de toda verdad, y por tanto el hombre no crea la verdad sino que la recibe, termina con un triple bendición: La afirmación de los bienaventurados de Dios: El que lee, Escucha y Obedece la Palabra revelada de Dios. - El hombre que lea estas palabras será bendecido.
El lector que se menciona aquí no es tanto el lector privado, al que naturalmente también le alcanza esta bienaventuranza, sino el que debe encargarse de leer este libro en voz alta frente a la congregación. La lectura de las Escrituras era una parte esencial de todo el culto público judío (Lucas 4:16; Hechos 13:15). En la sinagoga los textos bíblicos eran leídos, por personas encargadas para hacerlo, si bien estando presentes algún sacerdote o levita, estos tenían la prioridad. La Iglesia Cristiana adaptó para su culto este hecho como una parte fundamental del mismo. En la Iglesia Primitiva (según los muchos escritos de los Padres de la Iglesia: Justino Mártir, Tertuliano y otros) se afirma la importancia de la lectura de la Palabra, hasta el punto de que los miembros podían llegar a ejercer esta práctica como un oficio muy importante y respetado, y para el que se requería una formación especial. Es tristemente evidente que hoy, en muchas Iglesias se ha perdido la valiosa parte del culto, de la lectura pública de las Escrituras. El predicador, el Maestro y el lector deben recordar siempre que uno de los mayores privilegios en la Iglesia es el de dar lectura a la Palabra de Dios frente a la congregación. Los judíos tenían un dicho según el cual quien enseña las Escrituras a los hombres goza de un privilegio comparable al de Moisés cuando recibió la Ley de manos de Dios en el Sinaí.
- Es bienaventurado el que escucha estas palabras.
Debemos recordad cuán grande es el privilegio de poder escuchar la Palabra de Dios en nuestro propio idioma. Y es un privilegio que costó muy caro a quienes lo adquirieron para nosotros. Muchos murieron para que pudiera ser así. Por otro lado es una tarea que todavía continúa. En 1958 la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera estaba traduciendo la Biblia a no menos de 200 lenguas, y en estos tiempos continúa en esta magna tarea. No es un privilegio nimio poder leer la Palabra de Dios en nuestra propia lengua.
- Es bienaventurado el que guarda estas palabras.
Escuchar la Palabra de Dios es otro privilegio; obedecerla es un deber. No hay auténtico cristianismo en el que escucha y olvida, o en el que deliberadamente desobedece. Todo privilegio va acompañado de una responsabilidad; y el privilegio de oír lleva consigo la responsabilidad de escuchar, recordar y obedecer. Y esto es aun más verdadero porque el tiempo que queda es corto. Juan termina el versículo de tal bienaventuranza, indicando que: “el tiempo está cerca”, y porque esto es así, bien que nadie puede saber cuando le llegará el momento de salir al encuentro con Dios, lo ideal para enfrentarse con esa circunstancia crucial con confianza, es necesario leer, oír la Palabra de Dios y agregar una actitud obediente y fiel a la misma. Una bendición que está a la disposición de cada cristiano, en Cristo.
Roberto Velert
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